Daniele Piomelli (Universidad de Irvine, California), nos habla sobre la investigación con cannabinoides (marihuana, yerba, ganjah, kif): neurotransmisores, moléculas, receptores del sistema endocannabinoide o sistema esencial de comunicación

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Daniele Piomelli nos transmite un mensaje humano, que quizá no sea tan evidente en esta primera parte del documental que aquí transcribimos pero que se hará patente a medida que avancen los minutos…

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Drogas y cerebro: Cannabis, un reto para la ciencia.

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Desde siempre el hombre consume todo tipo drogas, como curación o por placer: alcohol, cocaína, morfina…

Todas las drogas actúan en el cerebro. Hoy, la biología es capaz de explicar sus efectos en el centro de nuestra cabeza y el estudio de las drogas permite a la Ciencia entender mejor el funcionamiento del cerebro. La cannabis es la droga más consumida en el mundo. Para los científicos la cannábis se ha convertido en una herramienta de exploración del cerebro, una herramienta inesperada y valiosa. Originaria de las cordilleras chinas e indias del Himalaya, la cannabis sativa es utilizada desde hace mucho tiempo para ceremonias rituales y por sus virtudes terapéuticas.

Marruecos es el primer productor mundial, con dos mil trescientas toneladas anuales.

La cannabis se fuma en forma de hojas secas, llamadas marihuana, yerba o ganjah. O en forma de resina, el haschis. El Kif es un polvo de polen extraído de las plantas por vareo, una técnica tradicional de Marruecos.

Con más de ciento sesenta millones de consumidores, es la droga ilegal más difundida en el mundo. Sin embargo, el estudio de la cannabis ha permitido a los científicos como Daniel Piomelli descubrir un sistema esencial…

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*Y aquí, primer alto del Camino, ya que antes de conocer a Daniel Piomelli por este documental… mi referencia era: Dr. Manuel Guzmán Pastor y en el siguiente artículo:

Cuando España estaba a la cabeza de esta investigación, en concreto el grupo de investigación de la Complutense (sí en colaboración con Rafael Maldonado, a quien más tarde tendremos oportunidad de ver expresarse en este mismo documental), y esto comenzó a finales de la década de los noventa; se trataba, entre muchas otras áreas de interés también de esta patente ”Terapia con cannabinoides para el tratamiento de tumores cerebrales”; la información preocupante es la siguiente:

”Esto es mentira, y si no que alguien se encargue de desempolvar de las hemerotecas el ejemplo de la investigación del grupo de Manuel Guzmán Pastor del Dpto. de Bioquímica y Biología Molecular I de la Facultad de CC. Químicas de la UCM.

El grupo de este investigador fué el primero en publicar en Nature sobre un descubrimiento realizado por ellos en el que demostraron que el THC inducia la apoptosis en las celulas cancerosas. Lo demostraron en particular sobre un tipo de tumor super agresivo el glioblastoma.

En España nadie quiso (o pudo) seguir con la fase clínica por problemas con los departamentos de bioética de los hospitales españoles, porque la sustancia utilizada provenía de la marihuana”.

Y cuya fuente es el siguiente enlace

… ha permitido a los científicos como Daniele Piomelli descubrir un sistema esencial en el funcionamiento del cerebro. Un sistema cuya existencia nadie suponía hasta hace aún algunos años.

Dice Daniele Piomelli, que como el Pr. Ayala se ha establecido en la Universidad de Irvine, en California (piomelli@uci.edu):

”Naturalmente, ahora sabemos más que hace diez años pero creo que aún nos falta saber algunos de los puntos principales. No puedo hacer un cálculo, dar un porcentaje pero puedo decir que en este momento estamos en el mundo de los cannabinoides… en el punto en el que tal vez estábamos hace treinta años, con los transmisores análogos como la serotonina o la dopamina. Creo que estamos en un punto maravilloso, en el que empezamos a apreciar lo importante que es este sistema y su importancia nos emociona. Pero en realidad no entendemos el sistema al ciento por ciento”.

Sin las ratas y los ratones, la acción de las drogas nunca habría podido estudiarse. Comparten una gran parte de sus genes con nosotros. Y las drogas desatan las mismas tempestades en sus cerebros. De hecho, la humanidad entera tiene una deuda moral con estos pequeños animales.

Se puede drogar a las ratas, manipular sus genes, e incluso partirlos en pedazos Es la vida cotidiana, triste pero necesaria. De los laboratorios que comparan el estado de las ratas drogadas, o genéticamente modificadas, con las ratas controladas o normales.

Como todas las drogas, la cannabis, vista aquí, en un microscopio electrónico, actúa pirateando el sistema de comunicación del cerebro. Debido a que nuestro cerebro pasa la mayor parte del tiempo hablando consigo mismo su buen funcionamiento se basa en un diálogo incesante entre nuestros cien mil millones de células nerviosas, las neuronas. Para hacer que la información circule, las neuronas envían mensajeros químicos, a los que llamamos neurotransmisores. Ya sea dolor, placer o el ritmo de los intercambios de información, los neurotransmisores regulan un equilibrio sutil y complejo, del que depende el conjunto de funciones de nuestro organismo. Entre cada neurona hay un pequeño espacio en el que se desarrolla una intensa actividad. Es aquí, en la sinapsis, donde actúan los neurotransmisores que se ajustan en los receptores que les corresponden para hacer que circule información de una neurona a otra.

A principios de los años noventa, los investigadores se dieron cuenta de que la cannabis se ajusta a algunos de estos receptores. Esto quiere decir que nuestro cerebro fabrica moléculas que se parecen a la cannabis. Estas moléculas y sus receptores forman lo que los especialistas como Rafael Maldonado llaman el sistema cannabinoide endógeno. Endógeno porque se encuentra dentro de nuestro organismo.

Se expresa ahora Rafael Maldonado:

”Desde 1980 sabemos, en efecto, que hay receptores específicos. Esto significa que nuestro cerebro, nuestro organismo, está preparado para recibir estas moléculas, para recibir los cannabinoides. Si nuestro organismo tiene receptores de proteínas específicas para fijar los cannabinoides no es para sentir los efectos del hachis o la marihuana. No, sino porque tenemos todo un sistema cannabinoide endógeno. Para tener una importancia de este sistema primero debemos remarcar que la cantidad de receptores cannabinoides es mucho más importante que la cantidad de receptores de cualquier otro neurotransmisor clásico”

En algunas zonas del cerebro esta cantidad es cinco veces, a veces hasta doce veces, superior a la de los receptores para los neurotransmisores fundamentales, como la dopamina.

Daniele Piomelli prosigue:

”Creo que está claro que el sistema cannabinoide tiene una función importante en el cerebro. Una función que no imaginábamos hace cinco años’

En el cerebro este sistema actúa, sobre todo, en el cerebelo, que maneja la coordinación de movimientos. El tallo cerebral que regula las funciones vitales, el cuerpo estriado, el hipocampo y la amígdala, responsables de los movimientos reflejos de la memoria y de la ansiedad. Una vez identificados los receptores, los científicos emprendieron la investigación de estas moléculas cercanas a la cannabis que produce nuestro organismo. Es tanto como decir que se lanzaban a la exploración de una verdadera zona desconocida del cerebro.

En 1992 lograron aislar una primera molécula cannabinoide: la anandamida. Su nombre de la palabra sánscrita ananda que significa ”embeleso” (o como dice la voz en off, felicidad). Cuatro años después algunos científicos piensan que tal vez existan unas diez en total.

Si los científicos hicieron estos descubrimientos tan tarde es porque no tenían una imagen clara. Buscaban neurotransmisores clásicos (algo así nos sucedió con las arqueas, a las que primero la Ciencia identificó como bacterias atópicas), a los que los cannabinoides no se parecen en absoluto.

Tomemos el ejemplo de la dopamina. Este neurotransmisor espera que le pidan que actúe en la primera neurona. Entonces es liberado en la sinapsis y se fijará en los receptores de la neurona siguiente. Los cannabinoides en realidad no existen como tales. Cuando el cerebro los necesita se autofabrican utilizando las grasas de la superficie de las neuronas. Luego se pasean en la sinapsis y pueden estimular sus receptores en cualquier neurona.

El neurofarmacólogo en el colegio de Francia ”X” estudia desde hace mucho tiempo los efectos de la molécula activa de la cannabis: el delta-9-tetrahydrocannabinol o THC:


”Podemos decir, que los humanos, en el cerebro fabrican moléculas que son vecinas de las drogas. ¿Qué diferencia hay entre las drogas externas e internas? Una gran diferencia es que la cantidad del producto que se toma con el tetrahidrocannabinol o el opino, no tiene ninguna medida en común con el que se libera en el cerebro. Ese es el primer nivel. El segundo nivel es la ubicación. Es decir, que los productos en cuestión en el cerebro se liberan en un lugar muy preciso, al nivel de la sinapsis y al nivel de una zona que tiene una dimensión muy pequeña. Así que cuando se ingiere el producto afecta a todo el cerebro, por lo que todas las zonas se estimulan de forma simultánea”

 

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Publicado el junio 27, 2011 en Conocimiento, Palabra de no fumada. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. El cerebro produce normalmente una sustancia semejante a la marihuana, y parece que ella lejos de producir delirios y experiencias psicoticas, aminora estos síntomas.

    En el pasado se ha sostenido que los grandes consumidores de marihuana, llegaban a manifestar signos de psicosis. Ahora que se sabe que en el cerebro se producen compuestos semejantes a la marihuana, se ha tratado de encontrar alguna conexión entre esos compuestos y la esquizofrenia.

    Los primeros estudios son del año 1964, cuando Raphael Mechoulam de la Universidad Hebrea de Jerusalem, identificó la sustancia activa de la marihuana. Se trataba del “delta-9-hidrocanabinol” (THC), que poseía las mismas actividades farmacológicas de la marihuana. Una vez identificada, los esfuerzos se dirigieron a saber cómo actuaba. Fue así como Allyn Howleff y sus colaboradores de la Universidad de St.Louis, describieron que en la membrana de la neurona, existía una proteína receptora, a la cual se unía el TCH, y de este modo actuaba en el interior de la neurona. A esa proteína se le llamó “proteína receptora de canabinoide”, o para ser más corto, CB 1 (el nombre científico de la marihuana es “Cannabis sativa”.

    Más tarde Catherine Ledent de la Universidad Libre de Brucelas y Andrea Zimmer, del laboratorio de Biología Molecular de la Universidad de Bonn, lograron tener ratas que carecían de esta proteína receptora CB1 en la membrana de sus células cerebrales. Trabajando separadamente, estos investigadores comprobaron que en estas ratas la administración de THC no tenía ningún efecto. “Si el compuesto no se podía unir a la pared de la neurona porque no tenía la proteína receptora, no era capaz de gatillar ningún efecto en su interior”.

    Los estudios de CB1 han continuado, comprobando que la CB1 era una de las proteínas receptoras más abundantes en las células cerebrales. Estaba muy concentrada en la pared de las células del hipocampo, hipotálamo, cerebelo, ganglio basal, amígdala, tronco cerebral y de la médula espinal. Esta abundancia y amplia distribución explicaban la variedad de síntomas cerebrales que produce la administración de marihuana. Así por ejemplo, al estar en la membrana de las células del hipocampo, no es raro que altere la formación de la memoria. Del mismo modo la droga puede producir alteraciones motoras por su acción en los centros de control del cerebro. Al actuar en el tronco cerebral y en la médula se explica su acción analgésica. El hipotálamo tiene que ver con el apetito, mientras que la amígdala con las respuestas emocionales. En definitiva la marihuana actúa en todas partes (fig. 1).

    Por que tanto receptor para una sustancia vegetal, ajena al cerebro

    La misma pregunta se la hicieron otros investigadores en el año 1970, cuando analizaron el caso de la morfina. Esta era una sustancia que se había aislado de la amapola y que también se unía a otra proteína receptora en las células cerebrales (receptor de opiáceos). No pasó mucho tiempo, hasta que se descubrió que el cerebro naturalmente producía sus propios opiáceos, las llamadas “encefalinas” y “endorfinas”. La morfina proveniente de la amapola, simplemente aprovechaba los receptores existentes de estos opiáceos cerebrales.

    Inmediatamente se pensó que algo similar podría suceder con el THC y los receptores cannabinoides. Fue en 1992, 28 años después de ser identificado el THC, el mismo Mechoulam descubrió que el cerebro producía un pequeño ácido graso que se unía al receptor CB 1, y que remedaba las mismas acciones de la marihuana. La denominó anandamida, palabra tomada del Sanscrito (ananda) y que significa felicidad. Poco después Daniel Piomelli y Nephi Stela de la Universidad de California en Irvine, descubrieron otro lípido, el 2-araquidonil gricerol (2AG), que incluso en algunas regiones cerebrales, era más abundante que la anandamida (fig. 2). Estos dos compuestos son los considerados “canabinoides endógenos” o endocanabinoides.

    ¿Qué función tiene la anandamida?

    El hecho que la marihuana produjera síntomas psíquicos, que en ocasiones semejaban a los de la esquizofrenia, indujo a Markus Leweke de la Universidad de Colonia en Alemania y a Andrea Giuffrida, de la Universidad de California, a estudiar en mas profundidad la acción de la anandamida, que era considerada como un endocanabinoide. Ello con la esperanza de encontrar un medicamento que pudiera ser útil en el tratamiento de los trastornos psiquiátricos, y específicamente la esquizofrenia.

    Seleccionaron 47 personas que por primera vez habían tenido una crisis de esquizofrenia, y que no habían aún tomado ningún medicamento. A ellas les determinaron los niveles de anandamida en el líquido cefalorraquideo. También seleccionaron un segundo grupo de 26 personas, que tenían síntomas de psicosis, con un alto riesgo de esquizofrenia, a los que también les determinaron los niveles de anandamida en el líquido cefalorraquideo. Los dos grupos se compararon con 84 individuos sanos. Se encontró que los niveles de anandamina en el liquido cefalorraquideo, eran seis veces más altos en las personas con síntomas de psicosis, y ocho veces más altos en las con esquizofrenia.

    Estas cifras significan un incremento masivo de la anandamida en el líquido cefalorraquídeo, y seguramente que su concentración en las sinapsis de las neuronas es ciento de veces más elevada, ya que allí es donde se realizan las conexiones nerviosas, señaló Leweke en la Conferencia National de Cannabis and Mental Illness, celebrada en Melbourn, Australia en Agosto del 2004.

    La pregunta que surge, es si los altos niveles de Anandamida son los que producen la psicosis, o si por el contrario, su elevación se debe a una respuesta a la psicosis. Para su sorpresa, Leweke y sus colaboradores, encontraron que mientras más grave era el cuadro de esquizofrenia, más bajos eran los niveles de amandamida. En función de ello, la hipótesis de los investigadores fue que la anandamida no era la que contribuía a gatillar los síntomas, sino que por el contrario, ella se liberaba en el tejido cerebral, en respuesta a los síntomas de psicosis, en un esfuerzo por controlarlos. Probablemente las personas con los síntomas de psicosis más intensos, corresponden a aquellas en que su cerebro no ha sido capaz de producir suficiente cantidad de anandamida como para controlarlos.

    Entre un 5 a un 30% de las personas normales, en algún momento de la vida han tenido síntomas de delirios o alucinaciones, los que muchas veces pueden gatillarse por estímulos tan simples, como la deprivación del sueño. “Todos somos potencialmente sicóticos”, dice David Castle de la Universidad de Melbourn. El cerebro para impedir que ello se escape de las manos, reacciona produciendo una gran cantidad de anandamida, en un esfuerzo para contrarrestar los síntomas (New Scientist, Agosto 2004, pág. 13).

    Este nuevo hallazgo sugiere que se podrían desarrollar drogas antipsicóticas que vayan dirigidas al sistema anandamida, pero ello no parece simple. El ingrediente activo de la marihuana, el THC, se une a los receptores de la anandamida en la neurona. Pero las personas con esquizofrenia que actualmente usan marihuana, presentan episodios sicóticos más graves y frecuentes, lo que sugiere que ellos pueden también alterar el sistema por el otro lado.

    Aproximadamente el 60% de las personas con esquizofrenia, usa marihuana. En un estudio realizado por Castle, que también se presentó en la reunión de Melbourn, encuentra que las personas usan la droga porque tratan de evitar las emociones desagradables asociadas con la esquizofrenia, como son la ansiedad y la depresión.

    http://www.taringa.net/posts/ciencia-educacion/8563523/Nuestro-cerebro-se-defiende-de-la-locura.html

  1. Pingback: La oxitocina podría explicar por qué fumar marihuana nos hace más sociables – La Familia Cannabica

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